La mala educación
Estos días oigo hablar mucho de educación. Y no me gusta lo que oigo, porque no me gustan las vacilaciones y las banalidades en lo importante. Vaya por delante mi reconocimiento a la labor de los maestros y profesores. Yo soy de los que creen que sólo desde la educación podemos mejorar y perfeccionar la sociedad. Su labor es, probablemente, de las más relevantes de la sociedad -y, sin duda, de las de mayor alto riesgo para la salud-. Pero hay que ser sinceros. Y lo que estos días debatimos al hablar de recortes, de productividad y de austeridad en la escuela, no es un problema de calidad de la enseñanza.
Todos debemos hablar sin ambages y sin complejos sobre la educación. La polémica que rodea este curso la vuelta al cole, es por encima de todo un problema político -y, si se quiere, laboral-. Las protestas no surgen por una pérdida en la calidad de la enseñanza pública, sino por la pérdida de importantes puestos de trabajo. Son protestas muy lícitas, comprensibles, pero manipuladas. Los docentes de la enseñanza privada y concertada tienen casi 10 horas lectivas más a la semana, y los resultados académicos de estos centros son muy superiores en la mayoría de los casos. Los dirigentes políticos que hoy hablan de la calidad de la enseñanza pública son los que inscriben a sus hijos en carísimos colegios privados que garanticen una adecuada formación de los suyos. Luego, no seamos cínicos. ¡No nos engañen! Hablemos del drama que supone perder un puesto de trabajo, y seamos justos. Quien quiera una plaza fija en la Administración, que apruebe una oposición.























